El original puede estar hecho en barro, en escayola, en resina o en la propia cera. Si se trata de barro, lo habitual es sacar primero un molde de caucho de silicona sostenido por una contramolde rígido; ese molde de caucho es el que permitirá obtener varias ceras iguales y conservar la forma del original aunque el barro se agriete o se reutilice.
La cera se aplica al molde de caucho a pincel y por vertidos sucesivos, girando el molde para que el material cubra las paredes de manera regular. Rara vez interesa una cera maciza: en piezas de cierto tamaño se busca una pared hueca de entre cinco y ocho milímetros, porque el bronce macizo pesa demasiado, gasta metal sin necesidad y enfría de forma desigual. El hueco interior se rellena después con el material refractario que formará el macho o núcleo.
La cera recién sacada del molde nunca está lista. Trae costuras en las líneas de partición, burbujas, zonas finas y pequeñas faltas. Repasarla es un trabajo lento de espátula caliente, cuchilla y calor suave, y conviene entender que cualquier detalle que se deje pasar aquí aparecerá en el bronce multiplicado por la dureza del metal. Corregir un defecto en cera cuesta minutos; corregirlo después cuesta horas de cincel.